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El auge de la dismorfia corporal: por qué nos cuesta tanto querernos

  • Foto del escritor: acolmeainterpretat
    acolmeainterpretat
  • 31 mar
  • 3 min de lectura

Actualizado: 30 abr

Sara Abalo Pérez

Santiago de Compostela - 20 MAR 2026


Piel sin imperfecciones, cuerpos canónicos y filtros de belleza son algunos de los objetivos inalcanzables para muchas mujeres, “lo que todas deberíamos querer”. Desde la niñez se nos enseña a trivializar nuestros complejos y temores porque son “tonterías de niños” que, con los años, se nos acabarán pasando. Sin embargo, es un hecho que, en los últimos años, la exposición a distintos patrones sociales en un entorno cada vez más hiperconectado ha desarrollado numerosos trastornos alimenticios o psiquiátricos. Este es el caso de la dismorfia corporal o Trastorno Dismórfico Corporal (TDC), un trastorno psiquiátrico causado por la insatisfacción o preocupación excesiva por un defecto minúsculo, o siquiera inexistente.


Un estudio del SEPSM del 2018 asegura que alrededor de un 6,4% de las mujeres sufre algún tipo de trastorno alimenticio o TDC. Esto indica que 6 de cada 100 mujeres son diagnosticadas, un dato que refleja una ínfima parte de la realidad. Las cifras asustan, es un hecho que la mayoría de mujeres que han sufrido complejos o presión estética debido a factores externos no acuden a ayuda profesional y desarrollan trastornos dismórficos que las acompañarán durante largos años de sus vidas. 


Evidencias que, en los últimos años, se han visto empeoradas por el auge de las redes sociales y los filtros de belleza. Numerosos estudios confirman que los jóvenes comienzan a consumir redes sociales como TikTok entre los 12 y 13 años; cada vez desde edades más tempranas estamos integradas en un entorno idílico y digitalizado en el que se nos muestran cánones de belleza inalcanzables. La creación de filtros en estas plataformas no deja de ser un aliciente para generar imágenes distorsionadas de la belleza femenina. “Te hace ver mejor y cuando te lo quitas eres otra persona”, afirman algunos de los usuarios de Tiktok. Los filtros y el engagement de las influencers han generado una imagen irreal de lo que es la belleza perfecta, una belleza que no solo es inalcanzable, sino que también profundamente excluyente.


Además, los programas de telerrealidad como La Isla de las Tentaciones y el auge de los influencers como figura pública han desarrollado la banalización de las operaciones estéticas extremas. En el primer estudio europeo sobre las personas que acuden a cirugía plástico-cosmética, el 9% cumplía criterios de diagnóstico de TCA. El caso de influencers como Lolalolita o Ángela Mármol no está lejos de esta realidad, pues la exposición de sus complejos en redes sociales y posterior operación estética han generado numerosas polémicas en torno al impacto que puede tener en su público, mayormente femenino y joven. 


Como resultado, muchas mujeres acaban acudiendo a soluciones irreversibles como el suicidio. En un estudio prospectivo de 4 años se reveló que el 57,8% de los pacientes con TDC informaron de ideación suicida. La dismorfia no deja de ser una enfermedad altamente debilitante a nivel físico y moral y que, tristemente, muchas mujeres luchan con ella silenciosamente hasta que ya es tarde. Por ello, visibilizar desde una temprana edad nuestro complejos debe ser una meta accesible a corto plazo. Además, se debe reevaluar que, a través de Redes Sociales, el mensaje sea el contrario: que todos los cuerpos son igual de bonitos y que ninguna mujer debe sentirse inferior por su físico ni sentimientos.


Los argumentos expuestos, aunque puedan parecer incuestionables, hacen triste pensar que una pequeña parte de la sociedad no está totalmente de acuerdo con esta situación. Se rebate que somos nosotras mismas “las que decidimos qué consumir, a quién consumir y qué decisiones tomar sobre nuestro cuerpo”, un argumento infundado, pues, a día de hoy, incluso existe una romantización exagerada sobre la delgadez y la productividad desmedida. Aun puestos a pensar que nosotras mismas podemos decidir qué contenidos consumir, no dejamos de estar expuestas a numerosos estímulos externos que pueden ayudar a alterar la percepción que tenemos de nosotros mismos.


El problema no radica únicamente en qué consumir, sino en que, como sociedad hemos interiorizado unos estándares que poco a poco se nos han impuesto. Se sigue premiando un cuerpo canónico mientras se invisibilizan otras formas de belleza. Esta presión no sólo limita sino que al fin y al cabo, silencia. Silencia a todas aquellas mujeres y niñas que, desde sus casas, intentan manejar una lucha interna por miedo a ser juzgadas, en un entorno sumergido en una presión estética en auge por las redes sociales y las nuevas tendencias. Por ello, es necesario replantear el discurso, hablar de salud mental y enfrentar una realidad, que no deja de ser cambiante y por ello, humana.


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